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Cuando se apaga la fuerza interior de la esperanza, nos quedamos sin caminos para seguir viviendo. Nos quedamos sin horizonte. Surgen entonces en  nuestro interior, toda clase de sentimientos y actitudes negativas.

Vacíos de esperanza, podemos hundirnos en la tristeza, la pasividad o la depresión: “ya nada será como antes”. Podemos dejarnos llevar por la ansiedad y el miedo encerrándonos en al aislamiento y la incomunicación: “nadie me puede entender”.

Podemos caer en el desconcierto y la exasperación:”¿por qué me tiene que ocurrir esto a mí?”.

La esperanza se puede recuperar

Hemos de recordar antes que nada que la esperanza se puede recuperar, incluso, aunque no  podamos resolver nuestro problema como hubiéramos querido. A veces, es la misma persona la que, poco a poco, reacciona, supera su primer desconcierto, acierta a valerse de sus recursos y encuentra nuevos caminos para vivir con paz y esperanza. Otras veces, la persona se recupera en contacto con otras personas que la escuchan, le hacen ver las cosas con más realismo y menos angustia, y le ayudan a dar pequeños pasos hasta poder afrontar la situación con más esperanza.

Generar esperanza en las personas es siempre una tarea delicada. No es infundir en ellas ánimos pasajeros. Lo que necesita la persona es recuperar una fuerza interior duradera, una aceptación positiva de la situación, una confianza básica que le permita en adelante afrontar el futuro de manera lúcida, responsable y digna.

Voy a señalar tres caminos básicos para generar esperanza en quienes se encuentran desbordados/as por un problema grave y sin fuerzas para enfrentarse a su vida.

Acogida sincera y respetuosa

La acogida sincera despierta esperanza. La persona en crisis se siente más segura y fuerte cuando se siente acogida. Por muy grave que sea su situación, por muy hundida que se encuentre, si percibe que no está sola, que puede contar con alguien que se interesa de verdad por ella, en esa persona es más posible que brote la esperanza. La acogida es la primera actitud que hemos de practicar en este arte de generar esperanza.

Acoger quiere decir acercarnos a la persona para estar junto a ella frente al problema. Tiene que sentir que queremos y buscamos su bien, solo su bien. No hemos de abandonar nunca esta actitud , aunque en algún momento esa persona nos irrite, nos engañe o manipule.

Acoger quiere decir respeto total. Esa persona en crisis es portadora de valores, cualidades y resortes que desconocemos. Ahora la vemos rota, pero tiene heridas y miedos, aspiraciones y anhelos que ignoramos. No la hemos de juzgar, menos aún condenar. La acogemos tal como se nos ofrece: necesitada de esperanza.

Escucha activa y confidencial

Antes que nada, la acogida libera de la confusión y el desconcierto. Al desahogarse, la persona en crisis va poniendo nombre a su problema y sus sentimientos, y comienza a comprenderse mejor a sí misma. Escuchar es comenzar a poner luz en el problema.

La escucha alivia el sufrimiento y suaviza las heridas. La persona rota necesita casi siempre llorar, desahogarse, expresar su rabia, su dolor o impotencia. Si se siente escuchada hasta el fondo, puede empezar a recuperar la paz  y la fuerza interior.

La escucha hace crecer la dignidad perdida o maltratada. Ayuda a rescatar la autoestima pues quien está en crisis descubre que su problema es importante para alguien. No está sola. Hay alguien que comprende sus miedos, errores y desesperanza.

Acompañamiento amistoso

La persona en crisis no busca sólo la solución de su problema. Busca que la comprendamos, que compartamos su sufrimiento, que la acompañemos a buscar soluciones… Nos está pidiendo que la acompañemos a recuperar la esperanza. No la podemos defraudar.

Para acompañarla de manera sana y sanadora hemos de tener en cuenta algunos aspectos. Antes que nada, hemos de evitar actitudes dogmáticas que harán a la personas sentirse más frágil e insegura; consejos fáciles que no le ayudarán a encontrar su propio camino; preguntas innecesarias nacidas de nuestra curiosidad.

Además, hemos de crear un clima de cercanía y confidencia mutua; respetar el ritmo de la persona que se nos está comunicando; comprender su dificultad para mostrarse tal como es; estimular la búsqueda de caminos para afrontar los problemas y de recursos para encontrar soluciones pensando solo en lo mejor para la persona…

José Antonio Pagola